Recuerdos

 

Solía salir a pasear y dejar que fueran mis pies los que me guiasen, sin presionarles, sin ponerles un rumbo fijo, sólo dejarles hacer. Solía acabar siempre en el mismo parque, aquél que en otoño se dejaba cubrir de hojarasca sustituyendo su reluciente verde de primavera. Me sentaba en ese banco cubierto de rocío y dejaba las horas pasar. Coleccionaba imágenes de niños riendo y jugando, parejas mirándose a los ojos y madres escuchando atentas las historias de aquéllos hijos que por mucho que crecieran siempre serían sus pequeños. Intentaba no pensar; cubrir mi mente de mil ideas sin significado y de esas bellas estampas que me recordaba lo que no tenía. El problema era que los recuerdos no se daban por vencidos y a mi siempre me encontraban inmersa en mis pensamientos en ese banco y era entonces cuando la tortura empezaba.

Los recuerdos, la fuente más fiable de felicidad, el origen de miles de sonrisas al pasado y de lágrimas en los ojos cuando nadie te ve; las memorias, bellas imágenes contenidas en tu subconsciente que te atrapan en el momento menos esperado, encogiéndote el corazón y envolviéndote de ese leve escalofrío que acaba por recorrer toda tu piel.

Parece imposible que algo que puede hacerte tan feliz pueda hacerte sentir tan perdida, tan pequeña, tan frágil. Toda esa gente que sigue viva en tu mente pero que la vida real se ha apartado de tu camino; todos esos sueños cuidadosamente planeados que ahora se rompen en mi pedazos. Es entonces, cuando te das cuenta de que todo ha acabado, cuando llega el peor momento: llegan a tu mente esas sonrientes miradas, esos cálidos abrazos, esas bellas palabras y esos inquietos ojos que sabes que ya no volverán, que sabes que sólo podrás tener gracias a esos recuerdos que tanto llegas a detestar.

Llega el momento de la espera, esperar a que las lágrimas y la tristeza dejen paso a la nostalgia y la añoranza, como el otoño dejaba paso a la primera cada marzo en aquél parque; llega la hora de reponerte y de superar ese dolor, darles a esos recuerdos otro matiz para poder conseguir mantenerlos en la mente largo tiempo sin volver a descomponerte.

Al final, sólo quedan ellos. Al final, sólo te queda aquéllo de lo que tanto habías huido y cuando te encuentran, sentada en ese banco dejando la mente en blanco, no puedes más que cerrar los ojos y sonreír, pensar que todo valió la pena y que ha merecido la pena vivir todo eso.

Es entonces cuándo te levantas y continuas tu camino, dejándote guiar por tus pies, los que te llevaron a ese parque y los que te devolverán al lugar dónde debes estar.

Calado hasta los huesos

Llovía. Las finas gotas caían sin cesar mojando suave pero insistentemente la acera que se dejaba cubrir de un manto de agua que hacía difícil caminar sobre ella. Él siempre había odiado ese tipo de lluvia que le calaba hasta los huesos y lo dejaban tiritando de frío por muy abrigado que fuera. No había sido un buen día y, por lo visto, ni el tiempo se ponía de su parte consiguiendo sorprenderle con esa tempestad que había malogrado aún más su ánimo.

No quería volver a casa y encerrarse en ese oscuro apartamento que le asfixiaba y ahogaba. Miró a su alrededor intentando encontrar un sitio en el que resguardarse largo tiempo, hasta que el cansancio se apoderase de él y se viese obligado a dejarse caer en las garras de Morfeo una vez más. La gente a su alrededor andaba con prisas e intentando cubrirse con lo poco que llevaban encima. Pensó entonces que nadie le prestaba atención a él en ese momento y se le ocurrió que podía ponerse a bailar en medio de la lluvia, como en tantas películas había visto hacer, sin que nadie se percatase de su presencia. Ese pensamiento, que pasó fugazmente por su cabeza, le hizo sonreír y mirar hacia el cielo, lo que le permitió notar como las gotas caían con fuerza sobre su cara. Levantó los brazos y se quedó así por un tiempo imaginando una vida que sabría que nunca podría llegar a disfrutar.

Cuando su rostro estuvo completamente empapado, volvió a su posición inicial y comprobó con satisfacción que nadie se había parado a mirar al loco que jugueteaba con la lluvia. Miró a su alrededor sintiéndose más fuerte y atrevido que los demás. Entonces fue cuando la vio. Estaba enfrente suya, mirándole fijamente con esos grandes ojos castaños que hacían una perfecta combinación con la gran sonrisa que asomaba por la comisura de sus labios mientras lo observaba divertida. Al advertir que él también se había fijado en ella, recogió el cartel con las ofertas del día que había colocado fuera de la cafetería y que ahora estaba descolorido y mojado y, dedicándole una última mirada de complicidad, se dirigió hacia el interior del pequeño establecimiento.

La llovizna no cesaba, continuaba en su afán de sumir a la ciudad en esa fina capa de agua que tan molesta resultaba, pero a él ya no le importaba; había encontrado el lugar dónde esperar a que amainara la tempestad, ese sitio dónde resguardarse y sentirse protegido y, lo que era más importante, había hallado a la persona que iba a proporcionarle el cobijo que tanto tiempo llevaba necesitando.

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Confidencias con olor a café

Con los ojos fijos en el horizonte observó en silencio el amanecer. Le encantaba levantarse para poder disfrutar de ese momento que consideraba como un ritual que clamaba a la libertad. En su fuero interno tenía la certeza de que eran esos minutos de silencio y belleza la que conseguían que empezase su día con una brillante sonrisa.

Uno de los grandes consejos que se pueden dar para afrontar el día a día, para caminar por el sendero de la vida, es hacerlo sonriendo y ella, era una experta, una maestra en cumplirlo.

Resplandecía: ella vestida con su mejor sonrisa siempre resplandecía. Era mágica y obraba milagros. La gente se acercaba a ella y le abría, sin previo aviso, su corazón. Eran muchos los que se sorprendían a ellos mismos contándole sus más íntimos secretos o sus reflexiones incoherentes que a algunos les llevaban a la locura. Ella, por su parte, siempre escuchaba concentrada, como una fiel confidente que hace años se ganó a fuego su confianza. Tras las largas conversaciones en que se intercambiaban anécdotas y recuerdos; memorias y pensamientos; risas y lágrimas, ella sonreía sinceramente y conseguía llenar de paz y serenidad a su interlocutor.

Para todos era sencillo desahogarse con la camarera de aquel curioso café que siempre estaba dispuesta a escuchar y compartir confidencias. Era muy fácil explicar problemas, confesar pecados o expresar preocupaciones a alguien que no juzgaba ni conocía los pormenores del día a día de quién se sentaba en su barra.

Ella, por su parte, adoraba su trabajo. Desde bien pequeña había decidido que estudiar no era lo suyo pero lo único de lo que estaba plenamente segura  era  que quería ayudar. Sí, ella era consciente de lo que esas confesiones significaban para las personas que le confiaban sus secretos; eran una dura condena y gran carga que resultaba realmente complicado llevar en soledad: ella ofrecía sus oídos, su tiempo, su vida, a ayudar a compartirlos y así aliviarla.

Ella era feliz trabajando. Le encantaba llegar a la cafetería y que ese olor a café recién hecho se enredase en su ropa y en su pelo y la acompañase todo el día. Sonreía al ver aparecer a las horas estimadas a todos y cada uno de los clientes que acudían no sólo por el rico café que ofrecía sino por su sonrisa y por las tantas confidencias que con ella habían compartido.  Un sentimiento de puro orgullo le llenaba el cuerpo cuando uno de ellos se sentaba en la barra y esperaba ansioso a que ella se acercase, sonriese y le preguntase con suavidad si estaba bien, lo cual abría la veda para los relatos, historias y secretos.

Ella nunca buscó ser nadie especial; no luchó por convertirse en alguien reconocido, simplemente quería ser feliz y ayudar: la única forma en que conseguía sentirse en paz con ella misma y perdonarse todo lo que en un pasado la hizo condenarse de por vida; todo lo que ella solo conseguía contarle, llorarle y confesarle a ese bonito amanecer que calmaba sus penas y le sacaba esa sonrisa con la que lograba afrontar el largo día hasta que los fantasmas de una vida pasada se volvían a apoderar de ella.

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La soledad conciliadora

En las frías tardes de invierno tomando un reconfortante café en una cálida cafetería, en esos oscuros días en que el cielo amanece pintado de gris  y en aquellas horas en que ves un atisbo de libertad al pensar en el fin de semana y el descanso que comporta; es en esos instantes cuándo me pongo a pensar en la fragilidad del ser humano y en su peor enemigo, la soledad.

Siempre he sido una persona a la que le ha gustado estar rodeada de gente, posiblemente porque mis padres se han desecho en atenciones por mi desde que tengo uso de razón o puede que porque provengo de una pequeña familia en que todos hemos estado muy unidos. Por todo eso, me ha costado mucho comprender a las personas a las que les gusta la soledad, a las que disfrutan con ella y, además, la necesitan para encontrarse con ellos mismos. Al principio se me antojaban como extraños a los que les gustaba estar aislados y no llegaba a entender el por qué; ahora, después de abrir mi mente y mi círculo de amistades he podido comprobar que la soledad, aunque parezca mentira, libera.

La libertad se puede estudiar desde diferentes vertientes, todas muy interesantes y conectadas entre ellas.  En este caso, sin embargo, me refiero a la soledad  que consigue liberar a uno mismo de sus ataduras y ser, por unos momentos, lo que quieres ser. ¿Cuántas veces habéis querido llorar, pero llorar con ganas y sin parar hasta el que sueño os venciera? Y, ¿ cuántas veces habéis tenido que ocultar el  llanto por no mostrar los verdaderos sentimientos y evitar preguntas o puede que, simplemente, disgustos? La soledad, libera, sí, y consigue que uno exprese todo lo que siente a quién siempre ha de ser leal, a la persona con la que la honestidad ha de prevalecer sobre todo y ante todo; tú mismo.

Todo esto es muy lógico y, ahora al leerlo es perfectamente comprensible que uno necesite la soledad para liberarse pero, ¿qué me decís de esa soledad que se siente en el fondo de tu ser a pesar de estar rodeado de gente? Sí, esa soledad que sientes cuando estás sentado en una mesa junto a tu gente de siempre y aún así desvías la mirada hacia el horizonte y te centras en ver la gente pasar: esa pareja riendo, esa madre riñendo a su hijo o esa persona que camina solitaria de vuelta a casa. Sí, sé que todos habéis sentido esa angustia que te envuelve al mirar a ese amigo de toda la vida que te coge la mano y te habla aunque tú no te enteres de qué dice; sonreirle al verle reir y no saber qué acaba de contarte porque estabas pensando e intentando comprender el por qué de esa sensación que te recorre el cuerpo y no te deja disfrutar.

Yo también lo he vivido y sé qué es sentirse así, pero he entendido que no tiene nada que ver con ese amigo de toda la vida que te sonríe; no tiene relación con esa niña que ahora miras y a la que has visto crecer, ni puede relacionarse con todos esos chiquillos que te acompañaron a clase y que ahora, años después y siendo adultos, se ríen recordando anécdotas pasadas; todo surge de una misma persona y esa persona eres única y exclusivamente tú.

Dedícate tiempo, dedícate espacio, recupera esas viejas costumbres que ya olvidaste; encuéntrate de nuevo a ti mismo y sonríele al espejo cuando consigas estar en paz. Así como les dedicas cada semana tiempo a tus amigos, a quién te importa, házlo también con esa persona que nunca te abandonará; relájate unos minutos en soledad y disfruta de tu vida al máximo. Probablemente, usando la soledad como liberación, como método de expresión y de expansión de ti mismo, consigas evitar a esa soledad fatídica que nos azota aún en la fiesta más concurrida; simplemente, dáte el valor necesario que te mereces; sé tú tu máxima aspiración.

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Avanzar paso tras paso, decisión tras decisión

Hoy es uno de esos días de reflexión. Sí, ya sabéis, esos días grises en los que te despiertas con una idea en tu cabeza y la persigues insistentemente durante todo el día hasta que por fin consigues visualizarla. Pues bien, hoy me ha tocado perseguir al azar y al destino; a esas decisiones constantes que nos vemos obligados a tomar y a las consecuencias que pueden tener. Hoy, me ha tocado perseguir a todo lo que callamos y ocultamos tras las palabras. Esta entrada es el resultado de esta persecución.

Siempre me han gustado ese tipo de comedias románticas malas en las que por “casualidad” el chico y la chica se conocen. Sí, ya sabéis, aquellas en las ambos están atrapados en una vida sin sentido que les asfixia, aún sin ser conscientes, y en la que necesitan un aliciente para continuar. Es entonces, cuando menos lo esperan, el momento en que aparece su media naranja, su alma gemela y tras un par de malentendidos más o menos graciosos (en función de la calidad de la comedia) y después de unos instantes de inflexión en que la nueva pareja pende de un hilo, todo se soluciona y dan gracias al azar por haber puesto a esa persona en su camino.

Pero, ¿qué es el azar? En mi opinión se trata más de una mera creencia que de una realidad latente. Puede que me muestre escéptica en este tema pero soy de ese tipo de personas a las que les gusta saber el por qué, el motivo, la razón. En esta vida todo tiene un sentido o, al menos, casi todo. Por el contrario he de decir que sí, que creo en el destino aunque, tranquilos, no soy de esa clase de personas de irrumpe con un: ” Si existe el destino, da igual cómo me comporte o qué haga con mi vida, a fin de cuentas, está todo escrito”. Mejor dicho creo en un destino moldeable que se modifica con cada decisión que tomamos; como si fuese uno de esos cuentos que de pequeños leíamos y dónde al final de cada capítulo te dejaban elegir qué les sucedía a los protagonistas.
En nuestra vida, nosotros seríamos los protagonistas de nuestra propia historia, aquella que vamos creando paso tras paso, decisión tras decisión y es que la clave para progresar es decidir, hasta las decisiones más mínimas pueden marcar la diferencia.

Posiblemente aún somos demasiado jóvenes como para pararnos a pensar en las opciones que fuimos desechando; aquel chico al que rechazaste, el amigo al que dejaste de hablar, la carrera que no escogiste o la decisión que nunca te atreviste a tomar, pero el momento de las lamentaciones llegará y valoraremos de nuevo todo lo que en ese momento nos hizo decantarnos por una opción u otra.
Lo importante es no tener que lamentar nada: cada uno en ese entonces tenía unas circunstancias propias que, aunque el tiempo y las perspectiva del tiempo pudieran modificar, eran únicas en ese instante. No, no tenemos que lamentarnos por lo que un día creíamos que fue la mejor decisión, pero sí rectificar cuando aún estamos a tiempo: puede que simplemente, tras un tiempo, ese chico al que negaste la oportunidad de estar contigo te demuestre cualidades que antes no habías visto y te despierte una curiosidad que acabe en un ” ¿Por qué no intentarlo? “; quizás después de algún tiempo separados comiences a echar de menos a ese amigo tuyo con el que ya no tienes relación y te atrevas a retomarla al son de un: ” ¡Por los viejos tiempos! “; tal vez pasados dos años estudiando algo que no te llena seas capaz de intentarlo de nuevo y consigas llegar dónde siempre habías soñado y de lo que el miedo te había privado y, quién sabe si un día tengas las agallas para dejar todo lo que conoces y salir a recorrer mundo, a viajar, a vivir nuevas experiencias y a descubrir tu verdadero destino en lugar de sentarte en una silla a dejar que pase por delante de ti sin emoción ni sentido.

Somos jóvenes, nos quedan muchas decisiones por tomar y muchos fallos que cometer; aún tenemos que derramar muchas lágrimas y aprender una larga lista de cosas que sólo la experiencia, como buena profesora de la vida, es capaz de enseñar; pero, sobre todo, tenemos tiempo para hacer, deshacer y rehacer.

Simplemente vivamos sin miedo ni reproches; sigamos ese camino que con cada paso empieza a coger más forma: como ese cuadro que has empezado a pintar y que con cada nueva pincelada va cobrando sentido o como esa novela que un día gris comenzaste a escribir y que con cada párrafo se parece más a la historia que tenías en mente; seamos consecuentes con nuestras palabras, las armas más punzante e hirientes que pueden existir y dejemos que salgan al exterior todo lo que ocultamos tras ellas, quizás así todo sea más fácil.

Quizás, quizás, quizás.